Esta noche he de declararte muerta.
Tu deceso no será debido a ninguna muerta violenta, ni tampoco a un accidente, ni por causas patológicas heredadas de vidas pasadas. Mucho menos debido a tus deseos, obsesivos, de querer terminar de una vez con lo que decíamos llamar existencia. No, tu muerte ha de ser más trascendental.
Te estoy matando. De mi mente y de mis recuerdos te he ido borrando, y tú no te das cuenta, y esa muerte ha de ser como mil muertes. Ha de ser como todas las lunas y los infiernos juntos.
Tu nombre que antes se dibujaba en la sal del mar y que descendía en forma de lluvia hasta bañarme y empaparme de ti, se ha ido desvaneciendo de letra en letra hasta ser vocal. Hasta ser vocal de un alfabeto perdido e impronunciable. Hasta ser vocal que se desangra en tinta sobre pergamino acabado.
Te estás muriendo. No podemos hacer nada para evitarlo. Las lágrimas sobre el alma no son suficientes para calmar y curar tantas heridas.
...Es de noche y ya no he de extrañarte, de mí, ya te has muerto.
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