Las burbujas en el agua, no bien suben a la superficie, explotan en todas direcciones como fuegos de artificio en el cielo.
Pero de nada vale ayudarse con alka seltzer o agua efervescente para sacar los demonios de la noche anterior. Es preferible entonces que la naturaleza y el organismo hagan su magia y derramen, sobre las sábanas y la alfombra, los remordimientos descontrolados y así repetirse y prometerse, aunque tenga que pegar con cola los trozos de cabeza que se desprenden cada vez que cierran una puerta o llaman al teléfono: no vuelvo a desmedirme tomando, mucho menos vuelvo a mezclar ron con cerveza o a usar tu boca como copa, para recibir el vino de tus labios que están manchados de traición.
Pero pasan los días y el agua vuelve a efervescer.
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