martes, 15 de marzo de 2011

La noche debía terminar (Serie de la noche)

Se levanta del taburete y se acerca a la mesa donde se encontraba
–demasiado tarde para salir corriendo de allí–.

Desde que llegaste no has dejado de mirarme. He sentido como tu mirada se desliza por el vértice de mi escote y se encuentra con el broche de mi sostén. He visto como forcejeas con él, intentando arrancar de mi pudor lo que cubre mis senos de tus pervertidos y sucios pensamientos.
Más aún, no te has quedado ahí. No te ha bastado con eso y he visto como la lengua y labios de tu imaginación suben por mis piernas y se cuelan por debajo de mi falda.

Descubres con delicada destreza mi intimidad y comienzas a darte placer.
Casi he sentido tu respirar intermitente. He sentido como el palpitar de tu corazón, donde sea que lo tengas, bombea desesperado y está a punto de explotar.

Cuando creo que terminaste, veo en tu rostro una estúpida sonrisa que me desconcierta. Creo que fue esto lo que me hizo decidir acercarme y dejarte al descubierto frente a mí.

Pues bien, toma asiento y te diré. Y ella acercó una silla.
Todo lo que has dicho es parcialmente cierto, no lo negaré –y por qué hacerlo–, pero has omitido algunos detalles que si me permites, te los diré.

Tu silencio es más que elocuente.
No es la primera vez que te observo así. Tú te has convertido en la única excusa para que yo vuelva a asistir a un lugar como este y dejarme acompañar de una botella de tequila, que desdibuja todo mi pasado pero que aclara las aguas turbias de mi presente y mi futuro, y tú estás allí, tan cercana a mi vida y a mis deseos. Y tal vez esto no te importe o no entiendas el significado de lo que te acabo de decir.

De tu relato omitiste la parte en la que tu mirada era cómplice de la mía. En la que sentía como el calor de tu cuerpo quemaba el mío y dejabas en sequía mi lengua, mi garganta y mis palabras.

Te guardaste para ti el momento en el que gimiendo me pedías, casi suplicante, que no me detuviera a respirar porque esta noche podía terminar.

Creo que quieres decir algo. –Tu convencimiento es ridículo. Sí, puede que lo sea, pero aun estás aquí escuchándome y queriendo saber el por qué de esa sonrisa que has usado como excusa para acercarte a mí…a mi mesa. –Jajaja, pobre iluso. Jejejeje, contigo no puedo ganar, ni a cercarme siquiera a empatar. Veremos que puede pasar más adelante.

…¡Así, así,…no te detengas!, decías. ¡A…A…Aaaaaaaah! Te ahogabas de placer y no pasó mucho tiempo para que yo reaccionara de igual manera.
Al terminar, separé mi cuerpo del tuyo y dejamos de ser siameses unidos por el amor, el sudor y el sexo.
Y allí estábamos, sobre la hierba, entre la hierba, bajo la hierba, desnudos. Todavía se podía ver ondas de fuego que salían de nuestros cuerpos.

Guardábamos silencio y escuchábamos como los arboles cantaban y veíamos como las luciérnagas danzaban. Y no era magia.

Volvíamos nuestras miradas al firmamento para ver como las estrellas titiritaban de frío. Creo que me puedo llegar a enamorar de ti, te dije. Te reíste y yo te acolité.

Esta noche quisiera fuera para siempre. Insistí, y con estas palabras quise convencerte, y tú dijiste: pero esta noche debe terminar. Tus palabras fueron profecía en el cielo, maldición sobre la tierra.

Ahora sí, discúlpame si te hice perder el tiempo o te llegué a incomodar de alguna manera. Te aseguro que ya no me volverás a ver.

Aquél hombre, sacó unos billetes de su cartera, pagó por el tequila y se marchó del bar. Ella no intentó detenerlo, en cambio, regresó a la mesa donde se encontraba inicialmente con su grupo de amigas.

-¿Por qué lloras? ¿Te hizo algo ese hombre?, preguntó una de ellas.
Sí, se enamoró de mí en una noche eterna, donde los arboles cantaban melodías olvidadas y las luciérnagas bañaban de luz el cielo, pero, por una extraña razón, dije que la noche debía terminar y él se marchó y ya nunca volverá. Contestó ella.

El día amanece.

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