miércoles, 23 de marzo de 2011

Un día más para vivir

...Supo entonces que la forma más fácil de acabar con sus problemas vivenciales era saltar del edificio más alto del pueblo.

No hay muchos, quizás el más alto tenga unos tres o cuatro pisos, pero él presupuestaba esto así que llegó a la conclusión que la forma más eficaz de tener éxito en su empresa era arrojarse de cabeza a la tierra.

Preveía cada detalle con minuciosa y estricta dedicación -propia de un estadista como lo era él-. Karloc, el gato debería morir primero. Nadie se haría cargo de un gato viejo, cansado y enfermo; el cual se había convertido en la burla de los ratones y la vergüenza para los demás gatos del callejón, suponía entonces la suerte de Karloc. Envenenarlo fue la mejor opción. Luego lo metió en una bolsa y lo enterró cerca a los arbustos de lila que seguían floreciendo sin saber por qué.

Las cuentas de agua y luz, las había pagado con antelación, nada de que preocuparse. Las plantas, además de las lilas, heredadas de las personas que habían habitado antes la casa,-y que nunca le habían importado-, extrañamente las bañó con agua, pero muchas ya habían sucumbido a la sequía de la ausencia.
No se despidió de nadie, desde hacía varios años había decidido que estaba solo en el mundo.

El martes era un lindo día para morir, se convencía.
Ese día, el sol no despuntaba en el cielo. El olor a lilas lo llenaba de nostalgia, pero nunca cuestionó la decisión ya tomada. Miró al cielo. Miró a la tierra. Tomó una última bocanada de aire y... Allí estaba, después de varios años en estado de coma. Allí estaba, en una vieja silla mecedora, contando la historia de cómo el aire, y algunos arbustos, habían amortiguado un poco su caída, permitiéndole vivir, claro sin poder mover (del cuello para abajo) un sólo músculo de su cuerpo, pero vivo...Pero vivo...Pero vivo, se convencía día tras día, noche tras noche, y por el resto de su vida, que así era: estaba vivo.

martes, 15 de marzo de 2011

La noche debía terminar (Serie de la noche)

Se levanta del taburete y se acerca a la mesa donde se encontraba
–demasiado tarde para salir corriendo de allí–.

Desde que llegaste no has dejado de mirarme. He sentido como tu mirada se desliza por el vértice de mi escote y se encuentra con el broche de mi sostén. He visto como forcejeas con él, intentando arrancar de mi pudor lo que cubre mis senos de tus pervertidos y sucios pensamientos.
Más aún, no te has quedado ahí. No te ha bastado con eso y he visto como la lengua y labios de tu imaginación suben por mis piernas y se cuelan por debajo de mi falda.

Descubres con delicada destreza mi intimidad y comienzas a darte placer.
Casi he sentido tu respirar intermitente. He sentido como el palpitar de tu corazón, donde sea que lo tengas, bombea desesperado y está a punto de explotar.

Cuando creo que terminaste, veo en tu rostro una estúpida sonrisa que me desconcierta. Creo que fue esto lo que me hizo decidir acercarme y dejarte al descubierto frente a mí.

Pues bien, toma asiento y te diré. Y ella acercó una silla.
Todo lo que has dicho es parcialmente cierto, no lo negaré –y por qué hacerlo–, pero has omitido algunos detalles que si me permites, te los diré.

Tu silencio es más que elocuente.
No es la primera vez que te observo así. Tú te has convertido en la única excusa para que yo vuelva a asistir a un lugar como este y dejarme acompañar de una botella de tequila, que desdibuja todo mi pasado pero que aclara las aguas turbias de mi presente y mi futuro, y tú estás allí, tan cercana a mi vida y a mis deseos. Y tal vez esto no te importe o no entiendas el significado de lo que te acabo de decir.

De tu relato omitiste la parte en la que tu mirada era cómplice de la mía. En la que sentía como el calor de tu cuerpo quemaba el mío y dejabas en sequía mi lengua, mi garganta y mis palabras.

Te guardaste para ti el momento en el que gimiendo me pedías, casi suplicante, que no me detuviera a respirar porque esta noche podía terminar.

Creo que quieres decir algo. –Tu convencimiento es ridículo. Sí, puede que lo sea, pero aun estás aquí escuchándome y queriendo saber el por qué de esa sonrisa que has usado como excusa para acercarte a mí…a mi mesa. –Jajaja, pobre iluso. Jejejeje, contigo no puedo ganar, ni a cercarme siquiera a empatar. Veremos que puede pasar más adelante.

…¡Así, así,…no te detengas!, decías. ¡A…A…Aaaaaaaah! Te ahogabas de placer y no pasó mucho tiempo para que yo reaccionara de igual manera.
Al terminar, separé mi cuerpo del tuyo y dejamos de ser siameses unidos por el amor, el sudor y el sexo.
Y allí estábamos, sobre la hierba, entre la hierba, bajo la hierba, desnudos. Todavía se podía ver ondas de fuego que salían de nuestros cuerpos.

Guardábamos silencio y escuchábamos como los arboles cantaban y veíamos como las luciérnagas danzaban. Y no era magia.

Volvíamos nuestras miradas al firmamento para ver como las estrellas titiritaban de frío. Creo que me puedo llegar a enamorar de ti, te dije. Te reíste y yo te acolité.

Esta noche quisiera fuera para siempre. Insistí, y con estas palabras quise convencerte, y tú dijiste: pero esta noche debe terminar. Tus palabras fueron profecía en el cielo, maldición sobre la tierra.

Ahora sí, discúlpame si te hice perder el tiempo o te llegué a incomodar de alguna manera. Te aseguro que ya no me volverás a ver.

Aquél hombre, sacó unos billetes de su cartera, pagó por el tequila y se marchó del bar. Ella no intentó detenerlo, en cambio, regresó a la mesa donde se encontraba inicialmente con su grupo de amigas.

-¿Por qué lloras? ¿Te hizo algo ese hombre?, preguntó una de ellas.
Sí, se enamoró de mí en una noche eterna, donde los arboles cantaban melodías olvidadas y las luciérnagas bañaban de luz el cielo, pero, por una extraña razón, dije que la noche debía terminar y él se marchó y ya nunca volverá. Contestó ella.

El día amanece.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Lo que me queda de la noche anterior -fragmento de cómo se olvida un desamor- (Serie de la noche)

Las burbujas en el agua, no bien suben a la superficie, explotan en todas direcciones como fuegos de artificio en el cielo.
Pero de nada vale ayudarse con alka seltzer o agua efervescente para sacar los demonios de la noche anterior. Es preferible entonces que la naturaleza y el organismo hagan su magia y derramen, sobre las sábanas y la alfombra, los remordimientos descontrolados y así repetirse y prometerse, aunque tenga que pegar con cola los trozos de cabeza que se desprenden cada vez que cierran una puerta o llaman al teléfono: no vuelvo a desmedirme tomando, mucho menos vuelvo a mezclar ron con cerveza o a usar tu boca como copa, para recibir el vino de tus labios que están manchados de traición.

Pero pasan los días y el agua vuelve a efervescer.