Las lágrimas ascienden más allá de los cielos buscando alguna explicación. Madres, estas tierras no son dignas de esas lágrimas, de tanto dolor.
Y de pronto, una de ellas grita. Sonido desgarrador que consuela y compadece a otras.
Uno de sus hijos, bañado en sangre, se encuentra a un costado del maizal. No ha perdido la conciencia (esto no es nuevo para él ya que le tocó ver como levantaban con una pala lo que quedó de su mejor amiguito), pero una mina a esparcido, por todo el camino, sus dos piernas y uno de sus brazos.
De pronto ese pequeño dice unas palabras que cualquiera pensaría no son de él: mamá, ya no podré ver mis huellas en la arena del mar, pero no te preocupes pues sé que el mar, con cada nueva oleada, borra cualquier huella que hallamos dejado en su arena. Y las lágrimas, que antes ascendían, caen a la tierra en forma de lluvia.
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