Un corazón late más rápido. Su latir es un redoblante insesante que amenaza con salir de su cuerpo. No, el amor o el desamor, no siempre tienen la culpa. Ese corazón ha enfermado. Ha enfermado porque ha heredado la vida de su padre, de su abuelo. Síndrome de Brugada es su nombre. No, no hay cura para ello. Está destinado a esperar la muerte en cualquier momento, en cualquier lugar.
La muerte puede ser una brisa o un rayo de sol.
jueves, 30 de junio de 2011
miércoles, 22 de junio de 2011
...Y hoy no llueve
¿Y qué, si esta noche no llueve? No por eso dejaré de sentirme triste al no tenerte.
sábado, 18 de junio de 2011
Deteniendo al viento
Él comienza a lanzar piedras al aire, sin ningún motivo aparente.
Alguien se le acerca y le pregunta: ¿qué haces? Él le contesta de la manera más atenta, pero sin desviar su atención y concentración de la empresa que lleva a cabo: “intento detener al viento”.
Un asomo de risa se deja ver en el rostro de ese hombre incrédulo. –¡Pero eso es descabellado!, dice.
Después de algunos minutos, los árboles cesan su movimiento, las hojas de los mismos han dejado de caer. El arroyo ha dejado de producir sonido y la brisa ha enmudecido su aullido.
Atónito, el hombre vuelve a preguntar: ¿pero qué ha pasado?
Satisfecho con la labor que ha desarrollado, y sobre todo con los resultados obtenidos, le responde: No es más ignorante aquél que pregunta como aquél que, ante lo obvio, pregunta sandeces o cree saberlo todo.
Es virtud entonces, ante la ignorancia, preguntar humildemente con el asombro de aquél que se enfrenta a algo inexplorado. Encontrarse con algo nuevo y que desconocía, será su recompensa.
Dicho esto, toma una última piedra de la tierra y se la entrega al hombre y le dice: No sólo ha sido mi actividad constante la que arroja estos resultados, sino también el fruto de una casualidad de la naturaleza, pero más aún, ha sido producto de tu incredulidad al pensar que no se pueden lograr las cosas que se emprenden, por difíciles, o carentes de sentido para tí.
Después de esto ambos hombres se marchan. Las hojas vuelven a caer.
Alguien se le acerca y le pregunta: ¿qué haces? Él le contesta de la manera más atenta, pero sin desviar su atención y concentración de la empresa que lleva a cabo: “intento detener al viento”.
Un asomo de risa se deja ver en el rostro de ese hombre incrédulo. –¡Pero eso es descabellado!, dice.
Después de algunos minutos, los árboles cesan su movimiento, las hojas de los mismos han dejado de caer. El arroyo ha dejado de producir sonido y la brisa ha enmudecido su aullido.
Atónito, el hombre vuelve a preguntar: ¿pero qué ha pasado?
Satisfecho con la labor que ha desarrollado, y sobre todo con los resultados obtenidos, le responde: No es más ignorante aquél que pregunta como aquél que, ante lo obvio, pregunta sandeces o cree saberlo todo.
Es virtud entonces, ante la ignorancia, preguntar humildemente con el asombro de aquél que se enfrenta a algo inexplorado. Encontrarse con algo nuevo y que desconocía, será su recompensa.
Dicho esto, toma una última piedra de la tierra y se la entrega al hombre y le dice: No sólo ha sido mi actividad constante la que arroja estos resultados, sino también el fruto de una casualidad de la naturaleza, pero más aún, ha sido producto de tu incredulidad al pensar que no se pueden lograr las cosas que se emprenden, por difíciles, o carentes de sentido para tí.
Después de esto ambos hombres se marchan. Las hojas vuelven a caer.
miércoles, 15 de junio de 2011
Cómo se olvida un desamor (Serie de la noche)
Cómo se saca del corazón y de la memoria un desamor. La verdad es que no existe una formula exacta, o mejor dicho, cada persona tiene su propia receta. Bien, la mía era la siguiente: después de derramar sobre la almohada todas las lágrimas que me recordaban a ella. De convertir a sepia todas las fotos que de ella conservaba en mi memoria y de deshojar, una a una, las cartas que alguna vez nos dimos, decidí sacar mi cuerpo de ese estado de estupor y salir a caminar.
Todos los caminos me conducían a esa misma ruta que nos separó aquél día. A aquél momento en que se alejó para siempre de mí.
Ella dio la vuelta y yo sólo la vi alejarse. Veía como dos años, tres meses y siete días, se desvanecían en el viento. Se perdían entre las sombras que eran en ese momento las demás personas. Y yo sólo la veía.
Quise salir corriendo tras de ella, detenerla, arrebatar su mano, obligarle a quererme como antes… como siempre. Pero ya estaba en un mundo muy distante al mío.
Mis pies parecían raíces en el asfalto. Cuando pude reponerme, di la vuelta y me alejé de allí mientras mis ojos se derretían en llanto.
Sí, recordaré esta calle por mucho tiempo y sentiré que, cada vez que pase por aquí, se desprenderá una parte de mi corazón.
Seguí caminando. Rapsodia, que buen nombre para un bar. Ingresé allí y quise destilar, y como el humo de un cigarro, lo que me quedaba del aroma de ella.
Desprenderme de sus olores, era el siguiente paso. Pero estaba demasiado acostumbrado a ellos.
Pedí una copa de vino, pero el dolor era más profundo que eso, imposible de desenconar. Pedí una botella de ron, tras de ella otra bebida y otra. Después de eso no recuerdo mucho más.
Al día siguiente, me vi en mi habitación. No sé cómo llegué hasta allí, pero allí estaba envuelto en un dolor de cabeza y sin ningún recuerdo. Al parecer la había borrado de mí.
Tal vez había estado la noche anterior en un desierto sin oasis, mi garganta estaba seca y un agrio sabor llenaba toda mi boca. Y de pronto miro la mesa de noche.
Las burbujas en el agua, no bien suben a la superficie, explotan en todas direcciones, como fuegos de artificio en el cielo. Pero de nada vale ayudarse con alka seltzer o agua efervescente para sacar los demonios de la noche anterior. Es preferible entonces que la naturaleza y el organismo hagan su magia y derramen, sobre las sábanas y la alfombra, los remordimientos descontrolados y así repetirse y prometerse: no vuelvo a desmedirme tomando, mucho menos vuelvo a mezclar ron con cerveza o a usar tu boca como copa, para recibir el vino de tus labios que están manchados de desamor.
Pero pasan los días y el agua vuelve a efervescer. Había fracasado en mi intento.
De mi mente no te había borrado.
Todos los caminos me conducían a esa misma ruta que nos separó aquél día. A aquél momento en que se alejó para siempre de mí.
Ella dio la vuelta y yo sólo la vi alejarse. Veía como dos años, tres meses y siete días, se desvanecían en el viento. Se perdían entre las sombras que eran en ese momento las demás personas. Y yo sólo la veía.
Quise salir corriendo tras de ella, detenerla, arrebatar su mano, obligarle a quererme como antes… como siempre. Pero ya estaba en un mundo muy distante al mío.
Mis pies parecían raíces en el asfalto. Cuando pude reponerme, di la vuelta y me alejé de allí mientras mis ojos se derretían en llanto.
Sí, recordaré esta calle por mucho tiempo y sentiré que, cada vez que pase por aquí, se desprenderá una parte de mi corazón.
Seguí caminando. Rapsodia, que buen nombre para un bar. Ingresé allí y quise destilar, y como el humo de un cigarro, lo que me quedaba del aroma de ella.
Desprenderme de sus olores, era el siguiente paso. Pero estaba demasiado acostumbrado a ellos.
Pedí una copa de vino, pero el dolor era más profundo que eso, imposible de desenconar. Pedí una botella de ron, tras de ella otra bebida y otra. Después de eso no recuerdo mucho más.
Al día siguiente, me vi en mi habitación. No sé cómo llegué hasta allí, pero allí estaba envuelto en un dolor de cabeza y sin ningún recuerdo. Al parecer la había borrado de mí.
Tal vez había estado la noche anterior en un desierto sin oasis, mi garganta estaba seca y un agrio sabor llenaba toda mi boca. Y de pronto miro la mesa de noche.
Las burbujas en el agua, no bien suben a la superficie, explotan en todas direcciones, como fuegos de artificio en el cielo. Pero de nada vale ayudarse con alka seltzer o agua efervescente para sacar los demonios de la noche anterior. Es preferible entonces que la naturaleza y el organismo hagan su magia y derramen, sobre las sábanas y la alfombra, los remordimientos descontrolados y así repetirse y prometerse: no vuelvo a desmedirme tomando, mucho menos vuelvo a mezclar ron con cerveza o a usar tu boca como copa, para recibir el vino de tus labios que están manchados de desamor.
Pero pasan los días y el agua vuelve a efervescer. Había fracasado en mi intento.
De mi mente no te había borrado.
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