miércoles, 15 de junio de 2011

Cómo se olvida un desamor (Serie de la noche)

Cómo se saca del corazón y de la memoria un desamor. La verdad es que no existe una formula exacta, o mejor dicho, cada persona tiene su propia receta. Bien, la mía era la siguiente: después de derramar sobre la almohada todas las lágrimas que me recordaban a ella. De convertir a sepia todas las fotos que de ella conservaba en mi memoria y de deshojar, una a una, las cartas que alguna vez nos dimos, decidí sacar mi cuerpo de ese estado de estupor y salir a caminar.

Todos los caminos me conducían a esa misma ruta que nos separó aquél día. A aquél momento en que se alejó para siempre de mí.

Ella dio la vuelta y yo sólo la vi alejarse. Veía como dos años, tres meses y siete días, se desvanecían en el viento. Se perdían entre las sombras que eran en ese momento las demás personas. Y yo sólo la veía.

Quise salir corriendo tras de ella, detenerla, arrebatar su mano, obligarle a quererme como antes… como siempre. Pero ya estaba en un mundo muy distante al mío.

Mis pies parecían raíces en el asfalto. Cuando pude reponerme, di la vuelta y me alejé de allí mientras mis ojos se derretían en llanto.

Sí, recordaré esta calle por mucho tiempo y sentiré que, cada vez que pase por aquí, se desprenderá una parte de mi corazón.

Seguí caminando. Rapsodia, que buen nombre para un bar. Ingresé allí y quise destilar, y como el humo de un cigarro, lo que me quedaba del aroma de ella.

Desprenderme de sus olores, era el siguiente paso. Pero estaba demasiado acostumbrado a ellos.

Pedí una copa de vino, pero el dolor era más profundo que eso, imposible de desenconar. Pedí una botella de ron, tras de ella otra bebida y otra. Después de eso no recuerdo mucho más.

Al día siguiente, me vi en mi habitación. No sé cómo llegué hasta allí, pero allí estaba envuelto en un dolor de cabeza y sin ningún recuerdo. Al parecer la había borrado de mí.

Tal vez había estado la noche anterior en un desierto sin oasis, mi garganta estaba seca y un agrio sabor llenaba toda mi boca. Y de pronto miro la mesa de noche.
Las burbujas en el agua, no bien suben a la superficie, explotan en todas direcciones, como fuegos de artificio en el cielo. Pero de nada vale ayudarse con alka seltzer o agua efervescente para sacar los demonios de la noche anterior. Es preferible entonces que la naturaleza y el organismo hagan su magia y derramen, sobre las sábanas y la alfombra, los remordimientos descontrolados y así repetirse y prometerse: no vuelvo a desmedirme tomando, mucho menos vuelvo a mezclar ron con cerveza o a usar tu boca como copa, para recibir el vino de tus labios que están manchados de desamor.

Pero pasan los días y el agua vuelve a efervescer. Había fracasado en mi intento.
De mi mente no te había borrado.

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