Él comienza a lanzar piedras al aire, sin ningún motivo aparente.
Alguien se le acerca y le pregunta: ¿qué haces? Él le contesta de la manera más atenta, pero sin desviar su atención y concentración de la empresa que lleva a cabo: “intento detener al viento”.
Un asomo de risa se deja ver en el rostro de ese hombre incrédulo. –¡Pero eso es descabellado!, dice.
Después de algunos minutos, los árboles cesan su movimiento, las hojas de los mismos han dejado de caer. El arroyo ha dejado de producir sonido y la brisa ha enmudecido su aullido.
Atónito, el hombre vuelve a preguntar: ¿pero qué ha pasado?
Satisfecho con la labor que ha desarrollado, y sobre todo con los resultados obtenidos, le responde: No es más ignorante aquél que pregunta como aquél que, ante lo obvio, pregunta sandeces o cree saberlo todo.
Es virtud entonces, ante la ignorancia, preguntar humildemente con el asombro de aquél que se enfrenta a algo inexplorado. Encontrarse con algo nuevo y que desconocía, será su recompensa.
Dicho esto, toma una última piedra de la tierra y se la entrega al hombre y le dice: No sólo ha sido mi actividad constante la que arroja estos resultados, sino también el fruto de una casualidad de la naturaleza, pero más aún, ha sido producto de tu incredulidad al pensar que no se pueden lograr las cosas que se emprenden, por difíciles, o carentes de sentido para tí.
Después de esto ambos hombres se marchan. Las hojas vuelven a caer.
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